Dos películas: Babette Il Pranzo di ferragosto
Dos mundos tan lejanos unidos por el triunfo de todo lo que es cocinar y disfrutar de la comida. Amor a la cocina, al vino, a la compañía. Dos películas que nos encantan.
El cocinero
2/25/20263 min read


El festín y el almuerzo: La cocina como abrazo en el cine
Para quienes ven en la cocina algo más que nutrición, el cine ha regalado dos joyas que funcionan como espejos de una misma alma: La cena de Babette (Gabriel Axel, 1987) y Pranzo di Ferragosto (Gianni Di Gregorio, 2008). Aunque una respira el aire gélido de Jutlandia y la otra el calor sofocante de un agosto romano, ambas comparten el mismo latido: la comida como lenguaje del afecto.
1. La cena de Babette: El sacrificio del artista
En la austeridad casi penitencial de una comunidad puritana en Dinamarca, Babette, una refugiada de la Comuna de París, introduce el concepto de transcendencia a través del placer.
La cocina como arte: Babette no cocina para alimentar cuerpos, sino para salvar almas. Su festín es una obra de arte total que rompe las corazas de unos comensales que han renunciado al disfrute por miedo al pecado.
El refinamiento: Los Cailles en Sarcophage o el vino Clos de Vougeot no son solo lujos; son la representación de la belleza en un mundo gris.
El perdón: La cena logra que viejos rencores se disuelvan. Al final, la comunidad no solo ha comido bien, sino que se ha reconciliado consigo misma y con su pasado. Como dice la película: "En este mundo, el corazón y la mente se encuentran".
2. Pranzo di Ferragosto: La dignidad de lo cotidiano
En el otro extremo tenemos a Gianni, un romano con deudas que termina cuidando a cuatro ancianas (su madre y tres "invitadas") durante el Ferragosto. Aquí la cocina no es alta gastronomía, sino cuidado doméstico.
La "Cucina Povera": No hay trufas ni champán, sino pasta al horno, pescado "fresco" y vino de la casa. Es la cocina que surge de la necesidad y del ingenio, pero cargada de una ternura infinita.
El antídoto contra la soledad: Las mujeres, que inicialmente se miran con recelo y se sienten una carga, encuentran en la mesa de Gianni un espacio donde vuelven a ser visibles. Comen, ríen, se quejan y, sobre todo, conviven.
La alegría de vivir: La película nos enseña que, a pesar de la falta de dinero o de las limitaciones de la edad, un buen plato compartido tiene el poder de convertir un apartamento caluroso en el mejor de los palacios.
3. El punto de encuentro: Los dos lados del abrazo
¿Por qué estas películas se complementan tan bien?
El cocinero como cuidador: Tanto Babette (la profesional exiliada) como Gianni (el hijo abnegado y algo caótico) se sumergen en las necesidades de los demás, en cierto sentido por encima de las suyas. Ambos encuentran un propósito al ver el placer en el rostro de quienes comen.
La mesa como espacio político y social: En ambas obras, la mesa es el lugar donde se negocian las tensiones. Es el territorio neutral donde las diferencias ideológicas o los choques generacionales se rinden ante un buen aroma.
La resistencia ante la dificultad: Babette cocina para olvidar la guerra y la pérdida de su reluciente pasado; Gianni cocina para navegar en la tempestad de la precariedad económica y la vejez de su madre.
La cocina es su refugio y una manera de decir "aquí sigo".
La cena de Babette es el abrazo largo, solemne y transformador de un extraño que nos regala su mayor tesoro. Pranzo di Ferragosto es el abrazo cotidiano, un poco sudoroso y lleno de risas, de alguien de la familia que sabe exactamente qué sabor nos hace falta para olvidar las penas.
En definitiva, ambas nos recuerdan que cocinar con esmero es, quizás, el acto más civilizado que existe.
En A TAVOLA amamos estas dos películas.
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